Catalunya no es una colonia, ¿o sí?

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No, amigos, no temáis; no voy a decir que Catalunya es una colonia pues, desde luego, no lo es en el sentido clásico del término. No está considerada como tal por el Comité de Descolonización de la ONU aunque, en honor a la verdad,  tampoco lo están Escocia ni el Quebec, ni lo estaban, en su momento, tantos países que se han ido declarando unilateralmente independientes durante los últimos 30 años (1).  Catalunya, ciertamente, nunca ha sido calificada jurídicamente por España como una colonia, aunque tampoco lo habían sido los países sudamericanos que se fueron independizando, ni las posesiones africanas que eran consideradas como provincias.

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Ya he dicho que, stricto sensu, Catalunya no es una colonia y que no la reconoce como tal el Comité de Descolonización de la ONU quien, ni por asomo,  debe intervenir en este conflicto. Pero que no sea una colonia no empece que no podamos hallar importantes similitudes entre la situación actual de Catalunya y la que vivían algunos de los pueblos en los que fraguó el movimiento anticolonial, pues en ambos casos la situación respecto del Estado dominante era y es la de subalternidad, (4) (en tanto que,  según la RAE, “subalterno” es el subordinado, el inferior, el dependiente y que “subalternar” es sujetar o poner debajo, supeditar).

Que Catalunya tenga, sobre el papel, un alto grado de capacidad de autogobierno y que en ello se amparen quienes aleguen la improcedencia del alegato de subalternidad no deja de ser un puro y duro sarcasmo si conocen la realidad que hoy se vive en Catalunya; y, si no la conocen, deberían  abstenerse de opinar, pues ya tenemos bastantes cerebros vacios emitiendo sesudas opiniones.

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Me diréis, probablemente con acierto,  que hay más razones, pero, ¿sabéis cuando comienza el fin de toda situación colonial o asimilada?   Pues, siguiendo a Vicent  Partal (4), me atrevo a aventurar que cuando se dan dos condiciones: la primera se materializa cuando el colonizado se desembaraza del bullying al que le tienen sometido y que le obliga a responder (a las acusaciones que le formulan) según la lógica y la “norma” del opresor y en su lugar surge una nueva lógica de respuesta que desconcierta al imperialista y libera mentalmente al que ahora ya se siente libre; la segunda aparece cuando la población colonizada, consciente de su situación de subalternidad y de la injusticia de la misma, pierde el miedo al colonizador, al opresor, al que la tiene sujeta bajo su dominio y se decide a ejercer su autodefensa liberado psicológicamente de la prevención sobre que la violencia sea un monopolio del estado lo que produce un cierto equilibrio en la relación de subordinación de la población con el estado, con ese estado, en nuestro caso, que cometió un grave error primero al menospreciar el movimiento independentista catalán y luego, al ver que la cosa iba en serio, al judicializar su “solución”. ¡Qué error, qué inmenso error! Porque al hacerlo, al dejar en manos de los jueces la solución del “problema”, el estado ha perdido el control del proceso.

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En fin, amigos, cierto que Catalunya no es una “colonia”, pero cierto, también, o a mi me lo parece, que la histórica situación de subalternidad agravada desde 2010, la represión descontrolada y violenta de los movimientos sociales pacíficos, la substitución fáctica de competencias ya transferidas por dirigismo central, la ruina absoluta del parlamentarismo catalán que no solo ve como sus leyes son anuladas por el TC sino que, para mayor inri de ese TC, ha de soportar que le niegan la posibilidad misma no ya de aprobar normas sino simplemente de debatir aunque sea declaraciones institucionales, en fin, amigos, que todo esto y lo que compondría un vasto memorial de agravios que excuso acometer, hacen que la situación actual en Catalunya sea de lo más asimilable a la de cualquier colonia en los momentos históricos en que transitaba hacia su independencia.

No sé qué te parecerá todo esto, pero te aseguro que así están las cosas en la Catalunya real aunque en las teles y en los periódicos te lo presenten de otra manera.

Un abrazo, queridos.