El juicio (2). Solos ante el peligro.
Hugh Orde, reconocido experto de Scotland Yard, y
Duncan McCausland, miembro vitalicio de la Asociación de Jefes de Policía del
Reino Unido, elaboraron un informe, a petición de la defensa de Jordi Cuixart,
en el que evaluaban técnicamente qué violencia hubo realmente y quién fue, en
su caso, el responsable de la misma tanto en el 2O-S como en el 1-O, de acuerdo
con los criterios de actuación de una policía democrática y del derecho de
protesta y de manifestación. A pesar de que todas las defensas se adhirieron a
la petición de admisión de esta prueba, el tribunal la desestimó. El recuerdo
de Slevig-Holstein pesa mucho. Tanto que los fiscales Zaragoza y Cadena
expresaron su frustración por la decisión de este tribunal alemán acusándoles
de “intromisión en los tribunales españoles” y de “haber incumplido el marco
europeo” (sic), irritados sobremanera porque esa resolución judicial les segaba
la hierba bajo los pies para su acusación de rebelión y porque eran conscientes
de que la decisión de Slesvig-Holstein formará parte de la carpeta que llegará
a Estrasburgo.
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Me consta que cuando acabó de declarar Jordi
Sánchez cuya declaración te recomiendo por mil razones (2), a algunos
periodistas españoles se les cayó un velo pues Sánchez les hizo ver la gran
vergüenza que suponía tenerlo en el banco de los acusados. Hubo, me dicen,
encendidas discusiones entre algunos miembros de la canallesca porque la
mayoría no veía por ningún lugar que se
pudiera acusar a Sánchez de delito alguno. Parece ser que muchos de los
periodistas acreditados no habían visto nunca el famoso vídeo del policía
lanzándose con un puntapié escaleras abajo contra unas personas que estaban
sentadas en las escaleras del colegio Pau Claris de Barcelona. Las caras de los
plumillas lo decían todo. Hasta el punto de que “El País” publicó algunos
artículos expresando su inquietud por los errores de la fiscalía y por la
incapacidad de sostener el relato acusatorio de la rebelión o de la sedición.
Habían de confiarlo todo a las declaraciones de los propios policías pero, a la
vista de los vídeos, eso no ofrecía
demasiadas garantías. No sabían que Marchena se encargaría de “limar” el
problema… pero eso es otra historia a la que ya me referiré.
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En el noveno día del juicio Marchena se despojó de
su postiza actitud garantista que tanto le debía estar costando aparentar y,
harto ya de que “sus” testigos se vieran obligados a ver videos que
cuestionaban su testimonio (el día anterior Rajoy hubo de contemplar atónito la
famosa “patada voladora” que un policía arrea a unos manifestantes sentados en
una escalera) (6) cambió de registro y,
exhibiendo ya el suyo propio, impidió que Zoido tuviera que contrastar su increíble
testimonio con videos que lo ponían en evidencia. Inaudito y más porque eso,
impedir contrastar los testimonios verbales con las pruebas documentales, ya
fue norma para el resto del juicio. Me gustaría, amigo, que preguntaras a
cualquier abogado que tú conozcas si eso le parece normal, si eso no merece el
más severo reproche procesal, si eso no debe ser causa de nulidad de las testificales y del juicio
todo. Por cierto, no solo el Presidente y la vicepresidenta no sabían nada del
1-O, el ministro del Interior, tampoco. En esa mismo sesión, Iñigo Urkullu, el presidente vasco, dejó
claro que Rajoy había mentido, pero Machena… como si lloviera. Un día completo
para la (im)paciencia de Marchena que veía como el juicio no discurría por los
cauces esperados.
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Confieso que las declaraciones de los números de la
Policía y de la GC que fueron llamados como testigos me las salté. Esos días me
tomé un más que merecido descanso. Sin embargo, ahora las he visualizado para
confirmar lo que había leído sobre ellas: una repetición continua de un relato
claramente preparado y consensuado ilegalmente con la fiscalía, por una parte,
y una ridícula confesión de impotencia y “miedo” que nadie cree ante la actitud
de los votantes: “nos insultaban”, “nos llamaban asesinos” “recibimos
agresiones verbales”, “yo sufrí un daño moral” (14). Te juro, amigo, que si no
fuera por lo grave que es y que puede resultar para los acusados, me
entretendría en insultar a estos fornidos y valientes robocops que venían
diciendo “soy la tormenta” y que, a la hora de la verdad, se lo hicieron, según
dicen aunque nadie puede creer, en los calzoncillos ante “un muro infranqueable
de gente de todas las edades que estaban sentados y tirados en el suelo” (sic)
(14). Con todo lo realmente grave es que Marchena no permitió exhibir los
videos en los que se podían contrastar con la realidad las infumables
declaraciones de los GC’s testigos. Marchena,
fiel y sumiso, pospuso la visualización de los videos al final del juicio sin
posibilidad de contradicción alguna con las declaraciones testificales.
¿Protegía a los Guardias Civiles de una acusación de flagrante delito de falso
testimonio? Inaudito. Presuntamente prevaricador.
(......)
Y ahora sí, acabo.
Un juicio histórico como este hubiera merecido
poder ser seguido por todo aquel que tuviere interés en él. No fue así. Ahora
yo, en estas dos cartas, te he contado algunas cosas del mismo. Cosas
importantes pero pocas, muy pocas, como para que nadie pueda formarse un cabal
criterio sobre el espanto que todo él me produjo a mí y a miles de personas que
lo siguieron y ello sin necesidad de ser juristas. A los que tenemos esa
condición, además nos pareció humillante, vergonzoso y, por qué no decirlo, una
oda a la injusticia y una epopeya de la prevaricación pues muchas, muchas de
las decisiones procesales de Marchena fueron injustas y él lo sabe.
