¿Tenemos derecho a la autodeterminación?
(fragmentos)
No puedes imaginarte,
amigo, el dolor de cabeza que me está dando comenzar a escribirte esta carta. Algo que es tan
obvio y natural para mí: que mi pueblo tiene derecho a decidir libremente su
futuro, se convierte en un galimatías de opiniones encontradas, de posicionamientos políticos con argumentos
más cojonudos que racionales, de patrioterismos exacerbados, de chovinismos xenófobos, y, en fin, se pierde en debates sesudamente jurídicos en que parece
que cada quien pretende más el lucimiento intelectual y personal que el
encuentro de una solución satisfactoria para todos, que, al fin y al cabo, es a
lo que deberíamos aspirar. ¿No?
(.......)
Mira, cuando la
Constitución dice que la “nación” española es una e indivisible está incidiendo en una falacia; tal fórmula es
como mucho un desiderátum, porqué esa definición que es estipulativa (fruto de
un acuerdo) incurre en una grave incoherencia pues al consagrar la unidad y la
indivisibilidad como elementos constituyentes
fundamentales está entrando en contradicción con el principio de
legitimidad democrática que también recoge la Carta Magna, pues está despojando
a la ciudadanía de esa capacidad, de ese derecho democrático, de la
libre decisión por la que hemos de
poder, si nos creemos tal principio, decidir
todo y modificar todo, constitución, unidad y indisolubilidad,
incluidas. Fíjate que la Constitución
por un lado te dice que tú eres el sujeto de la soberanía en virtud de lo cual
puedes decidir todo, pero al mismo tiempo te está advirtiendo que unidad e
indivisibilidad (y algunas otras cosas)
no se tocan… ¿Por qué? Pues porque es
una Constitución que se redactó con ruido de sables de fondo y que fue fruto
de un acuerdo de intereses entre los que
los derivados del “atado y bien atado” también coparon su alícuota parte. Así
de simple. Y no es una majadería mía. Es obvio, o a mí me lo parece, que se
impone perentoriamente una reforma constitucional que, entre otras muchas
modificaciones que está exigiendo a gritos, dé salida a la pretensión
soberanista catalana, de manera confortable para ambas partes.
Este “desajuste” constitucional entre el principio
de legitimidad democrática y la
existencia de elementos definitorios del estado que no se pueden tocar, no solo
repugna a la doctrina jurídica general sino que el propio Tribunal
Internacional de Justicia de La Haya, órgano judicial de Naciones Unidas, tiene
declarado que: “Declaramos que cuando hay
una contradicción entre la legalidad constitucional de un Estado y la voluntad
democrática, prevale esta segunda, y declaramos que, en una sociedad democrática,
a diferencia de una dictadura, no es la Ley la que determina la voluntad de los
ciudadanos, sino que ésta es la que crea y modifica cuando sea necesario la
legalidad vigente” (1)
(......)
De manera que, en virtud
de los acuerdos internacionales (2)
adoptados por el estado español y en aplicación del art. 98.1 de la
Constitución, que los considera como parte del ordenamiento jurídico interno,
el reino de España debería facilitar la libre determinación de Catalunya
estableciendo una negociación franca y clara, bilateral, con los representantes
legítimos del pueblo catalán. Esto es lo
que los “sesudos juristas” denominan “derecho
de libre determinación interno”. Mientras
que el denominado “derecho de libre determinación externo” se concreta en el derecho
a la declaración unilateral de
independencia. El profesor Carrillo afirma que, “…únicamente en circunstancias extremas en las que a un pueblo le es
negada la autodeterminación interna podría hablarse del derecho de dicho pueblo
a decidir unilateralmente la independencia”.
(.....)
Es obvio, pues, que, hoy por hoy, nada permite pensar que esto vaya a cambiar
ni siquiera a largo plazo, de manera que no cabe esperar posibilidad alguna de
que el pueblo catalán podamos ejercer ese derecho de determinación interno. La
estúpida batalla entre los partidos monárquicos para venderos su patriotismo, para
ver quién es más español, para dilucidar, en definitiva, quién la tiene más
larga, nos y os está conduciendo a un callejón sin salida “interna” por lo que
puede que, un día u otro, lejano o cercano, se abra la vía de la determinación
externa, es decir la declaración unilateral de independencia amparada por el
reconocimiento de alguna potencia extranjera por poco representativa que fuera
en el panorama internacional.
